DANIEL BRAGINI

Certeza e incertidumbre.

 

La certeza es inmóvil, es punto fijo, restringida, ya no mira hacia afuera porque ya encontró y dejó de buscar, es segura, no se cuestiona, es tranquila y quieta, se separa y aísla, no quiere culparse, va por calle ancha, teme por su seguridad y se protege, se cierra, la certeza es final...

 

La incertidumbre, en cambio, nunca encalla ni encaja, es activa y se desespera, arrasa, nunca se detiene, es búsqueda con pupilas dilatadas, padece pero confía, camina por la cornisa, no retrocede, no es empujada desde atrás sino arrastrada desde adelante, tropieza pero va en un pie, o en cuatro patas pero avanza, pasa las barreras por arriba, abajo o los costados, sigue más allá porque no distingue el límite de la estructura, la crea a cada paso y se acerca, no teme porque es pasión, no pide, no depende, se alimenta de la necesidad, pisa dónde nadie antes, no sabe pero intuye, su guía no es la razón sino el apego a la vida, todo el tiempo muere y resucita. 

La incertidumbre no le teme a la muerte porque la tiene implícita, su fin es siempre un nacimiento.

 

 

Charlas 2am

 

“… a veces sólo basta con un rasgo femenino...”, me dijo, hace mucho años un amigo que ya no anda por acá. 

 

Era de noche y tarde, de un día como casi todos, maravillosamente monótono. Habíamos terminado una pizza y el rubio se había ido, condiciones necesarias para ensayar y charlas con magia. 

Desde mi equipo, con un cd de él, sonaba Ute Lemper. Ella, Ute, fue la musa disparadora del comentario que inició aquella charla.

“… a veces sólo basta con un rasgo femenino...”, a veces sólo basta con eso para amar. Quien lo entienda mal, puede creer que mi amigo se conformaba con cualquier compañía mientras fuera mujer; pero nada más lejos de eso, es que tenía una cualidad que solo contados hombres tienen y saben ejercer: sabía amarlas, considerarlas, cuidarlas y sabía qué estaban sintiendo en el momento que lo sentían… Esta clase de hombre es casi invisible, irreconocible a simple vista; solo se lo puede intuir a través de la mujer que fue amada por ellos, porque resplandece… y resplandece como todo ser que es amado de forma única y singular.

Tampoco es que mi amigo fuera perfecto, no.., tenía mil defectos, pero sabía amar de tal manera que aún con todos ellos, iba a ser recordado siempre por esas bien amadas damas.

 

Pero todavía no expliqué la frase y no es fácil, pero lo voy a intentar: es que sólo hace falta un rasgo mínimo de femineidad, para poder intuir por entero a una mujer, en lo que en ella es único y particular. Intuirla bien es lo mismo que entenderla en algunos aspectos, presentirla, cuidarla en sus sensaciones. Esto es casi mágico y necesariamente recíproco, claro… Porque si podemos sentir lo que ella siente, es únicamente amándola, aunque más no sea en ese único momento físico, donde los cuerpos son el instrumento, la parte tangible del amor.

 

A mi amigo Pachi, donde quiera que esté.

 

 

 

 

La música del tiempo.

 

Nada es igual con música que sin ella; basta con mirar algo bellísimo como un documental, o una escena de cine y pulsar “mute” para ver cómo todo cambia al instante. Entonces nos damos cuenta de la importancia de musicalizar y de que la música es mucho más que un condimento para lo que vemos. Bastante más, es parte del suceso, de las acciones, pero en especial de los recuerdos…

No es necesario esforzarse mucho para presentir que a cada recuerdo podemos asignarle una melodía; sólo con recordar, nos damos cuenta de que desde esas imágenes puede salir música fácilmente, como si siempre hubiese sonado.

 

Tampoco es difícil imaginar las cosas del presente con música, aunque, a decir verdad, primero será mejor escuchar los sonidos propios de las que vienen acompañadas; porque, qué sentido tendría ponerle música a la lluvia, si ya tiene la mejor que puede tener, a las olas, o al viento cuando llega con furia y trae notas hermosas que estremecen. Esa es la música Natural, inimitable, imprescindible y Divina, como un “te amo” cuando viene de la persona que amas…

 

Pero los sucesos y acciones del hoy, parecen carecer de magia, como todo lo presente rutinario y conocido. Sin embargo, existe un recurso simple y sencillo para que suenen: el tiempo.

 

El tiempo, al igual que los sonidos Naturales del viento, el mar, las tormentas y los te amo, pertenece al Reino de lo eterno, y un corto transcurso de tiempo le confiere música hoy, a lo que ya es pasado. Y lo hace de la misma forma y con la misma magia que una fotografía difiere y detiene para siempre una porción de tiempo y espacio.

El ayer, no necesariamente años sino ayer mismo, ya acepta la música que sin escucharla fue componiéndose, ensayando y arreglando en los recuerdos. 

Cada persona es a la vez, su propio compositor. 

 

En mi caso siento tener la enorme ventaja de contener a escritores como Hermann Hesse, Dostoievski, Sábato, Sara Gallardo, o Papini. A fotógrafos como Sarah Moon, William Klein o Michael Ackerman, y también a personas comunes como mi viejo, o mis amigos Alejandro y Pachi, y algunos amores.., todos ellos compositores y arregladores de excelencia, que ofrecieron a mi música una infinidad de matices sutiles…

 

Yo sé que la felicidad no es sólo eso; imaginarles música a las cosas o a los recuerdos, pero estoy seguro que ayuda y mucho. Con la música podemos teñir, otorgarle la realidad final a lo vivido, a las experiencias, y hasta puede que cambie con el tiempo, porque si nosotros cambiamos, la música también cambia, y está bien así. 

Nada es igual con la música del tiempo.

 

 

Los Miedos

 

Tememos a vivir. La neurosis es el miedo de vivir. El individuo neurótico teme abrir su corazón al amor, teme salir de sí mismo o luchar, teme ser auténtico. Estos temores se pueden explicar desde un punto de vista psicológico. Abrir el corazón al amor vuelve al individuo vulnerable a ser herido; salir de sí para extenderse a otros, es correr peligro de ser rechazado y luchar de ser destruido. Pero hay otra dimensión del problema. Muchas personas no pueden vivir o sentir más de lo que están acostumbradas porque esto amenaza con destruir su ego, sobrepasar sus límites, minar su identidad. 

Vivir más y sentir más intensamente asusta. 

 

Nuestro temor a la vida se evidencia en la forma en que nos mantenemos ocupados para no sentir; en que corremos para no enfrentamos con nosotros, o nos entregamos al alcohol y las drogas para no sentir nuestro ser. Porque tememos a la vida, intentamos controlarla o dominarla. Creemos que es malo o peligroso dejarnos llevar por las emociones. Hasta admiramos a la gente impasible que actúa sin sentimientos. El individuo moderno se empeña en ser triunfador y no en ser una persona. Pertenece claramente a la “generación de la acción”, cuyo lema es hacer más y sentir menos. Esta actitud caracteriza en gran parte a la sexualidad moderna: más acción y menos pasión.

 

 

Novalis

 

Una fotografía con arte es canto, las otras discurso.

La diversidad de la primera une con lo infinito, la multiplicidad de la segunda reúne lo finito.